Recuerdo de mis primeras clases de filosofía cómo al llegar al “corgito ergo sum” sentí el vacío tras mis pasos: ¿cómo podía haber dado algo por seguro hasta ese momento? Maravillado, entendí que con ese planteamiento me podía aferrar a algo, al igual que los axiomas o teoremas bien construidos sirven de punto de apoyo para no caer al precipicio del “todo es relativo”. Dudar es básico y necesario, pero tenemos que partir de alguna certeza para construir sobre la base de un conocimiento asentado. Así, nos damos cuenta de todo lo conseguido y cómo, mirando en retrospectiva, el pasado fue una mierda comparado a lo que tenemos ahora.